Homo economicus: el blog's Fan Box

viernes, 31 de agosto de 2007

Ni tan de oro

A menudo se hace referencia a la popular frase de Ricardo Palma, el Perú es un mendigo sentado en un banco de oro, como buscando hacernos advertir que somos un país que goza de una gran diversidad de recursos naturales, y que seremos prósperos el día que sepamos sacar provecho de ellos. Efectivamente, poseemos un sinfín de especies animales y vegetales, así como microclimas fascinantes; pero por otro lado, las tierras cultivables y los pastos comunales son de baja calidad. En gran medida, la agricultura se ha desarrollado a pesar de —y no gracias a— la calidad de la tierra cultivable. Así que tan de oro no es el banco. Por otro lado, se creyó largamente que el campesino era ignorante, bruto y obstinado. Una cantidad mayor de realidad y sofisticación en el análisis ha terminado por asignarle dichos calificativos, más bien, a los que antes se atrevían a señalar a los campesinos con altivez.

Más de una vez hemos escuchado que lo más lógico es la especialización: dedícate a algo, perfecciona tus habilidades en esa actividad, hazte competitivo y obtendrás grandes beneficios. Facilísmo, ¿no? Es el discurso tradicional de los que pretenden dar lecciones de comercio. En la sierra peruana, no obstante, ello no sucede. Más bien, exageran en la diversificación: no sólo realizan distintas actividades —agricultura, ganadería, artesanías— sino que dentro de esas mismas actividades también diversifican. En la agricultura, por ejemplo, no sólo siembran papas, sino que poseen pequeñas parcelas de diversos cultivos, en diferentes pisos ecológicos. ¿Qué les pasa? ¡Lo dicho, brutos, brutísimos! Ciertamente no.

Lo que sucede es que la agricultura es una actividad muy riesgosa. Dado que no existe un mercado de seguros y como no están dispuestos a poner en juego su ingreso —que ya de por sí es bajo— los campesinos diversifican. Así, la probabilidad de que una helada, una plaga o cualquier otro evento desfavorable afecte a TODAS sus actividades se minimiza. De hecho, la especialización en un solo producto —a menos que existiera un respaldo— representa una pésima elección. Supongamos que un campesino se dedica a cultivar únicamente yuca. Como no es inusual en la sierra, una helada arrasa con los cultivos. El campesino queda literalmente en medio de la nada. Diversificando, en cambio, perderá los cultivos de yuca, pero podrá salir adelante con los ingresos que perciba por la venta de sus otros cultivos, productos pecuarios y artesanías.

Así, queda claro que el campesino no es bruto; como antiguamente solían pensar los que creyeron haber encontrado la erudición en un libro de texto. El campesino es —más bien— racional de acuerdo a su realidad. ¿Hay que cambiar al campesino para adecuarlo a la teoría? Definitivamente no. Recordemos que la teoría está para servir a la persona, y no viceversa.

La comprensión de la economía campesina representa un reto que espero ir compartiendo con ustedes gradualmente en próximos artículos.

viernes, 24 de agosto de 2007

Bisturí(e)s y pobreza

Contrario a lo que el nombre de este artículo parece indicar, las líneas que vienen a continuación no tratan la problemática de la salud en el Perú. Ni mucho menos. De hecho, parten de una conversación que, luego del almuerzo, sostuve con mi hermano —conversación es quizá una exageración: mi hermano posee una particular y atropellada manera de hablar que le permite explayarse en monólogos en los que brinda su acalorada opinión, salirse a fumar un cigarro y regresar para continuar hablando solo, aunque contigo enfrente.

No has trabajado en nada aún, mira a mi amigo que también estudia economía (en otra universidad) está más atrasado que tú y ya ha trabajado como en cuatro empresas, dice él. Ése es el problema, yo no quiero trabajar en el sector privado (no a largo plazo, al menos), respondí. Ah, es eso: quieres ser…. ¡pobre!, dice él. Yo atino: Y, bueno…

Mi hermano estudia medicina; yo, economía. Él quiere especializarse en cirugía plástica estética, aunque quiere saber reconstructiva. Discrepo con él en muchísimas cosas, quizá hasta en las elementales. Pero igual se le quiere.

Los economistas —otórgueseme la licencia de incluirme como uno— somos como una suerte de doctores. Sí. Diagnosticamos, buscamos curas y tratamos de sanar las enfermas economías. Eso pienso yo. Honestamente, no creo que la medicina se hayan originado con Pedro Picapiedra diciéndole a Vilma: oye, ponte más trasero. De hecho, resulta obvio que los médicos nacieron para curar. Así como la economía nació para explicar la distribución y generación de riqueza, y los problemas que de ellas se desprendían. No critico a los economistas que trabajan en empresas, son necesarios porque desempeñan un tipo de rol distinto al de cualquier otro empleado. Unos Mega-administradores, es lo que se me viene a la mente. En mi opinión, no obstante, se acercan tanto a la administración de negocios que pierden la esencia de la economía como ciencia social; aunque no tanto como un médico que, quizás vanalizado, decide ganarse la vida arreglando los descontentos de otros con su apariencia. Los de aquellos que puedan pagarlo, claro está. Así, el cirujano y el economista de la trasnacional, en sus carros último modelo, con la música altísima, se detienen en un semáforo, uno al lado del otro. Sin dejar de menear sus cabezas al ritmo de la música, las vuelven para ver quién está a su costado, y se ven reflejados en el sujeto contiguo. El semáforo cambia a verde.

Actualmente —mañana, quién sabe— creo que si estudio economía es para ayudar a cambiar tanto como sea posible la realidad de la gran mayoría en este país: aquellos que, claro, no solemos ver cuando viajamos a la universidad escuchando música en nuestro mp3. Pero la mitad de los peruanos es pobre, y esa realidad no desaparecerá así le subamos el volumen a la canción. ¿Cambiar algo, tú? ¿Qué vas a cambiar? Todo va a seguir igual, malgastarás tu tiempo y encima serás pobre. Quizás. Pero qué respondería un cirujano cuyo paciente muere después de dos días de la intervención. ¿No sientes que perdiste tu tiempo operándolo? Al final se murió…

Antes de llegar al cursi punto del amelcochamiento —si es que ya no llegué a él, líneas atrás— termino este artículo con la reflexión presente a lo largo de él. El economista que se interesa por el problema de la pobreza, es como el médico que —en su afán por investigar— tiene contacto reiterado con afectados por enfermedades infecciosas y sin vacunas: sabe que puede terminar contagiándose. Parece que la pobreza podría ser endémica. No sé qué pasará con la volátil veleta de mi vocación en un par de años; sólo sé que —a estas alturas de mi vida— no quiero ser un cirujano plástico de la economía. Y eso no me hace ni más ni menos, ¿o sí?.

TRAS CONSULTAR LA PÁGINA WEB DE LA REAL ACADEMIA DE LA LENGUA ESPAÑOLA, ENTIENDO QUE AMBOS PLURALES DEL VOCABLO BISTURÍ (BISTURÍS y BISTURÍES) SON CORRECTOS. COMO DIJE ANTES, SIEMPRE SE APRENDE ALGO.

miércoles, 22 de agosto de 2007

A propósito del primer mes

Días después de la creación de este blog, un estudiante de economía —de otra universidad— me preguntó por qué lo había llamado Homo economicus. Si eso es precisamente lo que se debe evitar, dijo. Iluso. Ciertamente la idea del agente económico ultra-racional que sólo piensa en maximizar el beneficio propio —aunque es discutible— no es precisamente lo ideal. Nadie dijo eso. Pero, en su intento por explicar la realidad, la economía tiene que lidiar con un comportamiento de los agentes que, si bien no son tan egoístas como el plasmado en el Homo economicus, están más cerca de él que del atruismo.

Hoy 22 de agosto, este blog cumple exactamente un mes de creación. Aunque me tomó un par de días comenzar a publicitarlo, y muchos más ir organizándolo y añadiéndole cosas, hoy veo el producto y me siento satisfecho. No por las 1148 visitas, sino por los comentarios recibidos, los cuales han sido en dos sentidos. Unos agradecidos por la simplicidad —en la medida de lo posible—con la que he abordado ciertos temas; otros, fastidiados precisamente por esa simplicidad. Algunos colegas han manifestado que sintieron que muchos artículos se detenían justo cuando comenzaban a ponerse buenos, que faltó quizá profundización y justificación teórica. Pero ese no es el objetivo de este blog. Economía simple y entendible. Ciertamente modelos y teorías —ortodoxas, en su mayoría— subyacen a mis artículos, pero no puedo ponerlos (todavía) de manifiesto con modelos, ecuaciones y gráficos. El reto consiste, por ahora, en simplificar al máximo los postulados y plasmarlos en un texto entretenido, comprensible y matematizado al mínimo; textos capaces de generar discusión e interés. Espero estar lográndolo. El camino es largo y escarpado: afrontémoslo, la gente no (siempre) disfruta de leer economía. Si los términos son complejos o el artículo muy largo, se aburren y buscan videos en YouTube, o cuelgan fotos en el hi5. Por eso la brevedad y simplicidad. Dejo trabajos más elaborados, para discusiones más cerradas, dentro de esta cofradía repleta de jerga y sistemas de ecuaciones que representamos los interesados en las ciencias económicas.

Gracias por pasar periódicamente por aquí, espero que el inicio de clases no detenga la producción de artículos.

viernes, 17 de agosto de 2007

¿Y dónde quedó el ceteris paribus?


A PROPÓSITO DEL TERREMOTO EN ICA, PERÚ

El primer artículo de este blog, Viendo más allá de lo evidente (22/07/2007), terminaba con una importante crítica a uno de los supuestos que subyace a las más mencionadas predicciones económicas:

“Las predicciones de crecimiento en los próximos años son ceteris paribus. O sea asumimos (…) que no habrá crisis internacionales de importancia, que un perrito en Filadelfia no cruzará la pista y muchas otras cosas…”

Para dichos augurios, asumimos —además de condiciones de mercado establemente favorables— que no habría friajes azotando la Sierra sur de nuestro país, ni Fenómeno del Niño, ni sequías, ni epidemias… ni terremotos. No obstante, el supuesto de ceteris paribus no constituye un error. Las catástrofes naturales como la que acabamos de sufrir son de naturaleza impredecible: no había forma de incluir un terremoto en las predicciones, no existe razón para hacerlo. Mi crítica a este supuesto apunta a cómo se asevera —que creceremos a 8%, por ejemplo— generando expectativas en la población, sin hacerle caer en la cuenta de que las predicciones no son más que eso: aproximaciones de lo que pasará si no hay eventos desfavorables que lo impidan.

Aunque aquella denominación puede da lugar a discusiones, cabe mencionar que el departamento de Ica era considerado como uno de los pocos bajo situación de relativo pleno empleo. Ello sea —quizás— por el auge agroexportador al que ha aportado este departamento costeño. Con las pérdidas materiales y humanas que lamentablemente ha sufrido este departamento, su estructura —y por tanto, capacidad— productiva ha quedado también sepultada bajo los escombros. Además, el terremoto en el sur de nuestro país implica no solamente un crecimiento a ritmo menor, sino también mayores gastos en los que se incurrirán para superar este revés. Ya casi nada queda de las ciudades afectadas, y lo que queda debe ser demolido. Todo se debe volver a construir. Afortunadamente, el gobierno goza de una bonanza que le permitirá invertir con celeridad y eficiencia en donde sea necesario. Al menos eso esperamos muchos.

Deseo terminar este artículo recordando que, en su historia, el Perú ha demostrado que puede reponerse a condiciones que violan adversamente el supuesto de ceteris paribus. Estoy convencido de que esta vez no será la excepción.


Hoy fui a METRO a comprar unos víveres —pueden donarlos afuera de este supermercado. Da gusto ver cómo, a pesar de que el Perú es un país de grandes y marcadas diferencias, somos capaces de unirnos en situaciones adversas y ayudarnos los unos a los otros.

jueves, 16 de agosto de 2007

Dolarizados

En el presente artículo, me tomaré la licencia de utilizar la palabra devaluación —y no depreciación, a pesar de que nuestro régimen de tipo de cambio es flexible— para referirme a una subida en el tipo de cambio.

Desde que tengo uso de razón, resulta casi natural ver cómo se mezclan aquellos billetes monocromáticos del norte con nuestros variopintos papeles moneda. Los dólares se han vuelto parte relativamente habitual de nuestras transacciones. Pero la prolongada y persistente existencia de un fenómeno no lo convierte en correcto o aceptable. De hecho, el alto grado de dolarización (financiera) es una situación adversa que es necesario revertir.

¿Son las subidas en el tipo de cambio buenas o malas?
Depende del país. Una devaluación puede actuar sobre el bienestar económico nacional por diversos canales. En el ámbito del comercio exterior tenemos dos efectos. Por un lado, un mayor tipo de cambio eleva nuestra competitividad en las exportaciones. Si, por ejemplo, el tipo de cambio sube de 3 a 3.5 soles por dólar, nuestros polos de 30 soles pasan de costar 10 dólares a costar 8.57 dólares en los mercados internacionales: se abaratan, llaman más la atención. Por otro lado, sin embargo, hay un componente inevitablemente importado en las canastas de los consumidores peruanos. El precio de dichos productos importados en dólares se debe multiplicar ahora por un mayor tipo de cambio. Así, las barras de chocolate Snickers que cuestan un dólar, pasan de costar 3 soles a 3.50 soles. Ninguna empresa hizo nada. Nadie percibió —al menos nominalmente— mayores ni menores ingresos. Simplemente el tipo de cambio subió.

Si consideramos que el peruano promedio no suele abastecerse de muchos productos de procedencia estadounidense, podríamos llegar a la conclusión —errónea— de que las devaluaciones son buenas porque nos hacen más competitivos en el mercado externo. ¿Por qué existe, entonces, alivio al observar un tipo de cambio bajo?

La respuesta está en que sólo hemos echado un vistazo al ámbito comercial. Por el lado financiero, existe en nuestro país lo que se denomina efecto hoja de balance. Éste consiste, básicamente, en el descalce entre los ingresos de los agentes económicos nacionales —que es en soles— y sus obligaciones de pago —muchas de ellas en dólares. Es decir, la gente mantiene deudas en dólares, pero percibe sueldos en soles (igualmente el Estado recauda impuestos en soles, pero posee una poderosa deuda internacional en moneda extranjera). Así, si el tipo de cambio se eleva, también lo hacen las obligaciones en moneda extranjera: cada 100 dólares de deuda, son ahora 350 soles, cuando antes eran solamente 300. Para una persona que gana en soles —como la mayoría de peruanos— un simple movimiento en el tipo de cambio modifica la proporción de su deuda con respecto a sus ingresos. En materias financieras, por tanto, las devaluaciones son recesivas en nuestro país. Y éste es el efecto que prima, pues —aunque se ha reducido de 67% en el 2001 a 55% en el 2004— el grado de dolarización financiera continúa siendo grande.

Finalmente, es preciso repetir un elemento que emerge constantemente al final de mis artículos: ninguno de los fenómenos que afecta a las folclóricas economías de este hemisferio es casualidad. Si la gente recurre al dólar es porque las (hiper)inflaciones la han hecho desconfiar de la moneda nacional. Éste es el uso de la moneda extranjera como depósito de valor. También existe el uso como medio de cambio —para realizar transacciones con él— pero ello ocurre más que todo con mercancías grandes: nadie va a comprar un alfajor a la bodega con un billete de un dólar. En otro artículo podré comentar las medidas de desdolarización emprendidas en nuestro país.

miércoles, 15 de agosto de 2007

1 COMPUTADORA POR NIÑO

Ésta es la computadora que ha revolucionado las perspectivas de la educación con tecnología. Aunque su precio inicial estimado fue de 100 dólares, $175 parece ser el final. A pesar de ciertas deficiencias, este dispositivo desarrollado por la MIT promete ser una alternativa que les permita dar a los estudiantes de países en desarrollo un salto tremendo.

Grandes disminuciones en el costo de producción han permitido poner a disposición de los estudiantes esta lap top que —para el aprendizaje— posee muchas ventajas sobre las demás. En primer lugar, se encuentra su precio. Es así que ha nacido un programa llamado One Laptop Per Child (OLPC) —una computadora por niño— del cual forma parte, al menos eso dice la página web http://www.olpc.org/, nuestro país. Algo que vale la pena resaltar es que esta computadora no estará a la venta en el mercado, sino que se entregará, como libros, ante iniciativas gubernamentales. Un segundo beneficio es que posee una manivela (la de color amarillo) que permite obtener energía de manera mecánica. Ello representa una ventaja, especialmente para la educación que se realiza en zonas remotas del país. En tercer lugar, es posible una conexión entre computadoras. Además el diseño de la pantalla permite que se pueda leer, a manera de libro, a la luz del sol, a colores o a blanco y negro —si se quiere ahorrar energía— y es a prueba de agua, permitiendo al niño libertad para explorar, jugar y aprender.

Cuidado sin embargo, con algunos aspectos del programa OLPC para los cuales –considero— el Perú no está preparado. Aceptados los beneficios de poseer una lap top para una buena educación, el programa plantea que al niño, de hecho, se le permita llevarse la computadora a casa, para que allí profundice en su aprendizaje. Dado que no existirá un mercado de estas computadoras porque su precio constituiría una amenaza al mercado formal, los ladrones asecharían a los niños con la intención de crear un mercado clandestino. Seamos realistas. Además, este programa está pensado para las zonas de menor desarrollo en nuestros países; es decir, aquellas donde encontramos mayor pobreza (extrema). ¿Resistirán los hogares la tentación de vender una computadora de $175 cuando el hambre los estruja fuertemente?

Más importante aun, los problemas de la educación en nuestro país no se solucionarán solamente con adquisiciones de computadores. Los problemas son históricos, arrastrados desde hace mucho tiempo. Según la prueba PISA (ver gráfico) el Perú se encuentra en el último —ya no penúltimo— lugar en educación en América Latina. La capacitación de maestros y la inversión perenne en infraestructura son puntos urgentes en la agenda, especialmente en aquellas zonas más alejadas de la capital. Considero, no obstante, que la inversión en el programa OLPC representa una buena oportunidad como complemento de una reforma mucho más profunda del sector educación. La inversión en capital humano es lo único que nos podrá ofrecer mayores oportunidades no sólo para el crecimiento sino también para la superación de la desigualdad. La educación, señores, cierra muchas brechas. Otorga activos sociales.